Monodia religiosa profana

Juglares en un tropario de Limoges (siglo XI)

Durante siglos, la única música de la que hemos tenido noticias y partituras en Occidente es la ligada a la religión cristiana. Obviamente, no era la única música que se escuchaba en la Edad Media, puesto que se desarrolló una música profana que no se consideró, por diversos motivos, digna de ser conservada. La empezamos a encontrar escrita a partir del siglo XI y, sobre todo, en el XII, después de muchas prohibiciones y toda una lista de concilios. El paso del románico al gótico y la progresiva secularización, como también o la influencia del mundo árabe, entre otros factores, favorecieron el surgimiento de una poesía lírica en lenguas vernáculas vinculada a un repertorio musical. Diferentes figuras cultivarán la música no religiosa: los goliardos, los juglares, los trovadores…

No sabemos a ciencia cierto si los goliardos, como los clérigos vagantes, eran monjes sin beneficio que abandonaron la vida religiosa y se dedicaron a una vida errabunda e irregular, o sencillamente poetas burlescos y glotones, aficionados al vino (¿una derivación de la palabra gula?). El Carmina Burana que adaptara Carl Orff es uno de los cancioneros con poesía goliárdica.

Codex Buranus (Carmina Burana), 1220

Codex Buranus o Carmina Burana (1220). La rueda de la fortuna

Los juglares, despreciados por la nobleza y el alto clero, eran vagabundos que viajaban de pueblo en pueblo, de aldea en aldea, recitando poemas, contando leyendas, cantando, haciendo malabares, y que que aportaron tres elementos novedosos: el sonido instrumental, la danza y la representación teatral. La figura del juglar (actor, músico, saltimbanqui, acróbata, charlatán y portador de noticias), fue descrita por Guiraut de Calansó, quien resumía de esta manera las condiciones que aquel debía tener:

“Saber trovar (improvisar versos y melodías); saltar y jugar a los dados; echar al vuelo manzanas y cogerlas con cuchillos; tocar el timbal, las castañuelas, la cítola, la rota de diecisiete cuerdas y otros instrumentos; imitar el canto de las aves; hacer bailar polichinelas; colocarte unas barbas rojas; hacer saltar a los perros y enseñar a los monos; conocer las historias de Troya, Argos, Jasón y otras leyendas más y, sobre todo, saber hablar de amor”.

Los trovadores, casi siempre nobles, aparecieron en la baja Edad Media y eran mucho más refinados: sabían inventar (trovar) letra (en lengua vernácula) y música, al modo del
cantautor contemporáneo, mientras se acompañaban con un instrumento (habitualmente de cuerda pulsada). El movimiento trovadoresco es un importantísimo complejo poético-musical cultural, lírico y narrativo a la vez, que desde finales de siglo XI hasta casi comienzos del XIII, surgió primero en el sur de Francia, en la zona provenzal, después en el norte (con el nombre de troveros) y en otras zonas de Europa occidental. Trovadores famosos fueron Adam de la Halle, Ricardo Corazón de León, Teobaldo de Champagne, Guillermo de Aquitania o Alfonso X el Sabio. La temática era la propia del amor cortés (la belleza y virtudes de la dama), aunque también existía la sátira. Tuvo su paralelismo en lengua germana con los minnesinger (“cantores del amor”).

El siglo XII, momento álgido en las peregrinaciones por el Camino de Santiago y elemento esencial para la transmisión y el cruce cultural, fue época de una cierta “globalización”. Alfonso X reunión en sus Cantigas, de veneración mariana, muchas piezas en galaico-portugués, de inspiración popular y con hermosos arabescos. La belleza de la música y de las miniaturas del códice le conceden un valor extraordinario.

Estas son algunos rasgos comunes en la monodia medieval profana:

a) Monódica.
b) Vocal y con acompañamiento instrumental.
c) Individual y colectivo.
d) Autoría reconocida.
e) “Civil” o “laica”.
f) Texto en lengua vernácula.
g) Ritmo marcado.
h) Carácter popular.

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