La memoria a corto plazo: utilidad y límites

La memoria humana necesita un tiempo de reposo para asentarse. Es decir, lo que se ha denominado memoria a corto plazo interactúa con la memoria a largo plazo, pero no necesariamente todo cuanto retenemos a corto plazo se posa y forma parte de nuestra memoria a largo plazo. De hecho, muy poco de ese material se asienta como memoria definitiva. En caso contrario, si todo cuanto nuestros sentidos captan fuera retenido estaríamos en el caso de “Funes el memorioso” de Jorge Luis Borges, rayano en la locura.
Parece que es el hipocampo, una zona del cerebro, que se encarga de realizar ese “depósito” que articula los recuerdos definitivos y que va conformando nuestra memoria personal.
¿Cuántas veces no he experimentado la sensación de fracaso al preguntar a los alumnos por unos contenidos concretos de la asignatura? ¿Os acordáis de los complementos verbales que vimos el curso pasado? ¿Quién recuerda la distinción entre estilo directo e indirecto? Pero probemos a preguntar por esa excursión a Soria para hacer la ruta de Machado, por el concierto con canciones de Miguel Hernández, por, ¿y por qué no?, la gamberrada el día en que tiraron unos platos por la ventana y acudió el jefe de estudios…
Los estudiantes más brillantes trabajan la memoria a corto plazo, la entrenan diariamente, aprenden para los exámenes largas listas de nombres, fechas, fórmulas, conceptos, definiciones, esquemas… Convierten la memoria a corto plazo en una eficiente agenda de trabajo. No sabemos la suerte que correrán todos estos datos archivados, en un porcentaje altísimo serán borrados de sus mentes a las pocas semanas. Su permanencia dependerá de su utilidad, de la repetición en el futuro de esos recuerdos.

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