La lectura: conciliar posiciones

 

La pregunta sería: ¿en qué ha cambiado o puede cambiar la presencia de internet y las TIC el acto de leer? En un extremo tenemos a los defensores de las nuevas tecnologías, de la revolución cibernética, del cambio profundo, del giro copernicano que supone la web, internet, las tecnologías digitales, en suma. Según estos el acto de leer se ha transformado radicalmente, ya no leemos linealmente, secuencialmente, siguiendo el orden predeterminado por el autor. Las pautas de lectura tradicionales ya no sirven puesto que es el lector quien crea su propio patrón. La noción de “hipertexto” es clave, “hipertexto” significaría presentar documentos que pueden bifurcarse o ejecutarse al ser solicitado. Sistema, pues, en que texto, voz, imágenes y vídeo, pueden interactuar con el usuario. Por tanto cuando navego en la Red… estoy creando un documento nuevo, personal, original, a partir de los vínculos, hipervínculos, permitidos y que voy seleccionando. En el otro extremo se sitúan los que defienden la lectura de libros como la única forma de construir el conocimiento, el libro en nuestra cultura significa el recogimiento y la reflexión, el sentido y el orden, frente al aluvión caótico y no jerarquizado de datos que supone internet. Los libros, argumentan, han demostrado su perdurabilidad frente a los embates de las diferentes tecnologías, no solamente por las cifras de las tiradas editoriales que no caen sino que ascienden, también porque el universo internet sistematiza en forma de libro sus aportaciones más valiosas como si lo efímero de su lenguaje sólo pudiera salvarse en el espacio protegido de la letra impresa. Los apocalípticos que predijeron el fin del libro han errado en sus profecías.

Si realizo una búsqueda en la web tengo muchas posibilidades de que la afluencia de la información colme mis expectativas y arroje unos resultados que nunca seré capaz de abarcar en su totalidad. Acabo de buscar información acerca del TDA – trastorno déficit de atención -, para elaborar un artículo. Por medio un buscador llego a la página oficial de una asociación de afectados, obtengo en el apartado de preguntas más frecuentes respuesta más que suficiente. Consulto también la wikipedia, una biblioteca virtual que se nutre de la aportación desinteresada de los usuarios, en una “página discutida”. Me entero de que los adultos también sufren el síndrome, copio una imagen del funcionamiento de un cerebro con y sin TDA. Un personaje de Mark Twain, Tom Sawyer, es un típico hiperactivo con este trastorno. Termino leyendo una citas de Twain a través de un hipervínculo.

Se podrá objetar que todo esto ya se halla en los libros. Pero, ¿quién posee una biblioteca de estas dimensiones? La mayoría de nuestras bibliotecas son modestas, por no hablar de las de nuestros escolares.

Tengo delante el libro de Gabriel Zaid, Los demasiados libros. A través de la contraportada recuerdo su contenido, reviso el índice, repaso algunos subrayados y anotaciones. Su autor con no poco humor e ironía encomia las virtudes del libro como soporte desde su aparición, lo proclama vencedor de numerosas pruebas frente a otros medios más potentes y masivos, cinematógrafo, TV, periódicos, internet, etc., encuentro y releo el capítulo que me interesa, “La superación tecnológica del libro”. En cinco minutos he capturado las ideas de las que vagamente me acordaba. Algunas, cuando habla de los inconvenientes de los soportes digitales, serían hoy revisables – el libro está editado en 1996 -, pero otras siguen manteniendo la vigencia.

In medio, stat  virius. Volver a los clásicos, tal vez sea lo adecuado. Reconozcamos que la lectura de los libros es profunda, individual y reflexiva. Pero lo virtual es muy eficaz para buscar información o para la correspondencia, y se halla al alcance de cualquiera y, casi, en cualquier lugar. Podemos intentar conciliar posiciones y decir con Manguel que sus “campos de acción son diferentes; en un mundo ideal, libro y ordenador cabrían en nuestra mesa de trabajo”.

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