Para una historia de la lectura

En la novela de Luis Landero, Hoy Júpiter, Tomás Montejo, el personaje protagonista con ínfulas de escritor, ve realizado su sueño de editar su libro en una modesta editorial. El editor en la entrevista inicial sentencia que el libro está en franca decadencia y que a la lectura le quedan un par de generaciones para convertirse en una actividad exótica como hacer calceta. Estas afirmaciones catastrofistas, en clave de parodia en la novela, han sido repetidas en periódicos, foros, tertulias, y por supuesto circulan en el ciberespacio con una rotundidad y machaconería aplastantes.Al margen de la simplicidad o no de la tesis de la inminente desaparición del libro y por tanto de la actividad a él ligada, el leer, habría que reflexionar sobre esta destreza pues al haber sido automatizada e interiorizada se considera casi innata, tanto que el lector competente rara vez se para a pensar en el largo devenir que la lectura ha protagonizado hasta auparle al puesto privilegiado que él ocupa.Sin embargo la lectura tal y como la practicamos, silenciosa, interior, concentrada, no siempre fue así. Está la conocida anécdota de san Agustín, que llegado de Roma visita en Milán al célebre entonces obispo san Ambrosio. “Cuando leía, sus ojos recorrían las páginas y su corazón entendía su mensaje, pero su voz y su lengua quedaban quietos”, nos cuenta asombrado. La admiración de Agustín de Hipona se entiende al ser testigo por primera vez en su vida de una lectura muda. Testimonios sueltos de este tipo de lectura silenciosa los hay anteriores, en obras de Eurípides, de Aristófanes, en Julio César, pero ninguno tan concluyente como el de san Agustín. De hecho este “leer para sí mismo” no se generalizó en Occidente por lo menos hasta el siglo X ([1]).Conviene reflexionar acerca de las complejas y sutiles habilidades que ponemos en juego cuando descodificamos un texto impreso. Distinguimos las tipografías de las letras, unimos bloques de letras en palabras, en varios saltos de vista somos capaces de asimilar una línea de texto, incluso intuimos de un vistazo la idea central que articula un párrafo. De esta forma nuestra vista se desliza por los renglones de un libro como un submarinista avezado en las profundidades oceánicas. Cuando nos aventuramos en el aprendizaje de una lengua remota, el árabe, el ruso, el japonés, que usan alfabetos no latinos, volvemos a ser como niños; como perfectos analfabetos debemos desentrañar un texto que adquiere ante la vista la disposición de un jeroglífico. La forma torpe en que deletreamos estos idiomas extraños cuando nos posesionamos de sus alfabetos asemeja a la de los aprendices – que una vez fuimos -, en las lenguas maternas. La de los lectores atrasados que en la lengua propia silabean exageradamente o no son capaces de la lectura silenciosa a la que aludíamos, subvocalizando las palabras, con un murmullo interior. Al leer reconstruimos de golpe la intrahistoria de la lectura y en ese acto toman cuerpo esas pericias condensadas que la humanidad amasó durante siglos. De hecho la puntuación de los textos escritos es relativamente moderna. Pergaminos, papiros, manuscritos medievales, presentaban un texto continuo sin separaciones de palabras. De ahí que el leer naturalmente fuera en voz alta, pues el signo gráfico debía reencontrarse con su equivalente sonoro, y la pericia del lector llenaba las pausas, la entonación, los acentos, que el autor había omitido ([2]). A partir del siglo VII d. C. se introdujeron el punto y seguido, el punto elevado (·) para la coma, el punto y coma, la raya para marcar los párrafos, en definitiva los escritos se fueron adecuando a la disposición formal moderna que conocemos.Asimismo los libros, sobre todo a partir de la invención y extensión de la imprenta en el siglo XV, fueron mejorando el espacio gráfico y tipográfico con el fin de suministrar una información detallada y exacta. Se crearon tipos de letra más claros, cuerpos de letra diferentes, se diseñó la página con espacios en blanco, se ajustaron las líneas sin excesivos caracteres, aparecieron los márgenes que permitirían los comentarios o apostillas, como un anticipo de la interactividad del lector. La paginación permitió índices de contenidos, índices alfabéticos de todo tipo, de autores, de materias… Lectura y avance editorial gráfico y tipográfico han ido muy unidos, de forma que el acto de leer ha sido principalmente facilitado por el progreso editorial. Esto ha sido así durante seis siglos, desde el XV hasta fines del XX, pero con la aparición de los ordenadores, la llamada literacidad electrónica, los textos escritos y su continuidad y secuenciación en el espacio y en el tiempo han variado considerablemente.  


[1]MANGUEL, Alberto (2005). Una historia de la lectura. Lumen. Barcelona.

[2]MANGUEL, A. Op. cit.Págs. 105-110.

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