De Elías Gómez
Como lo prometido es deuda, aquí va mi diagnóstico sobre la gran enferma terminal de nuestra sociedad: la educación pública.
Disclaimer: Por supuesto, lo que viene a continuación es mi opinión exclusivamente personal y subjetiva. Para eso es mi blog. Puedo estar plenamente acertado, como puedo estar plenamente equivocado. Pero si lees el artículo hasta el final, creo que tendrás que admitir que mis opiniones, al menos, están razonadas. Como poco, hay algo incontestable: se basan en la experiencia.
La educación pública española está enferma, muy enferma. Y esta enfermedad es como una pequeña célula cancerígena que al final, por metástasis, acabará por pudrir a todo el país. No debe extrañarnos que la tele sea basura, que los jóvenes se beban los botellones por litros y hasta que alguno queme vivo a un mendigo y lo considere divertido. No debe extrañarnos, tampoco, que las calles se hayan infestado de tontuelos que conducen coches horteras con música hortera a un volumen demencial. Tampoco que los políticos sean cada vez más corruptos y que la gente cada vez los castigue menos con su voto (ahí está el bipartidismo, tan temido durante tantos años y tan aceptado ahora). Después del núcleo familiar, la primera sociedad que experimentamos durante nuestra vida es la escuela. Y la experimentamos durante diez años, al menos, etapa de escolarización obligatoria. Desde los seis hasta los dieciséis, la etapa más importante de nuestra formación como personas («uno es de donde hizo el Bachillerato», decía aquel, y razón no le faltaba). Una vez sales del instituto, ya eres lo que vas a ser toda tu vida. ¿Y qué puede salir de unos institutos como los nuestros? Pues esa gente en esos coches, esos políticos, esos esperpentos de la caja tonta y esos tontos que los ven a diario. Poco más.
Acabo de enterarme, por Menéame, que un chaval ha sobrevivido hasta los 17 años sin saber leer ni escribir. En España, con todos estos controles que nos agobian a los profesores y que nos hacen redactar interminables informes para explicar por qué ha suspendido el 60% de la clase (cuando la respuesta, con medio dedo de frente que tenga uno, es obvia: porque no han alcanzado los objetivos previstos).
Puede pensarse que un problema tan grave exige una explicación compleja, pero yo creo que no. Hay miles de cosas que uno puede cambiar, y que están en boca de todos: que se exige muy poco a los alumnos, que no se respeta a los profesores, que es una locura obligar a los chicos a estar estudiando hasta los dieciséis años, que es una locura aún mayor que pasen de curso automáticamente, aunque suspendan todas, etc. Puedo estar de acuerdo con todos estos factores —de hecho, lo estoy—, pero creo que la verdadera explicación al problema de la educación es una y solo una.
La culpa es de los padres. Tranquilo, si eres padre, no te estoy llamando irresponsable, ni te estoy llamando nada. Los padres a veces se ven empujados a actuar como lo hacen, y analizaremos el problema más adelante. Pero la culpa es de ellos.
Porque he tenido alumnos que han suspendido 10 asignaturas en la primera evaluación y otras 10 en la segunda. Y durante todo el curso no les he visto la cara. Ni los reconocería si me los encontrara por la calle. Su hijo ha aparecido en Navidad con un boletín donde aparecían 10 suspensos, y otra vez en Semana Santa con los mismos 10 suspensos, y sus padres no han tenido cinco minutos para llamar por teléfono y preguntar por qué pasa eso. No hablemos ya de pedir cita con el tutor y los profesores, para informarse detalladamente de cuál es el problema de su hijo y de cómo solucionarlo.
Y eso, padres, es vuestra obligación (estoy seguro de que no necesito decírselo a ninguno de los que estén leyendo esto, ya que si leéis un blog tan absurdo, seguro que sí os interesáis por la educación de vuestros hijos). Y, si no la cumplís, es obligación del Estado recordárosla.
Si supiésemos que un niño está desnutrido, que sus progenitores no lo están alimentando adecuadamente, inmediatamente denunciaríamos el caso a las autoridades, que pondrían cartas en el asunto, habría juicios y seguramente condenas. ¿Por qué el Estado y la sociedad no guarda con tanto celo la alimentación mental y espiritual, en el sentido más ateo y laico de la palabra, de los menores? ¿Por qué una ley y un juez son capaces de enviar a una madre a la cárcel y ponerle una orden de alejamiento por darle un bofetón a su hijo, y no hace nada, absolutamente nada, si la misma madre desatiende de forma absoluta su enseñanza? Y recordémoslo otra vez, que nunca está de más: negar la educación a un niño es negarle su futuro. Porque los niños de ahora, igual que los de antes, piensan que van a ser todos futbolistas de élite o modelos, y algunos incluso —aquí en Melilla al menos— piensan que van a ser adinerados traficantes de droga y lo dicen a sus profesores abiertamente (así están las cosas, amigos). Cuando yo era niño, ahí estaban mis padres para decirme que acabara mis estudios y entonces, si seguía queriendo, me convirtiese en una estrella de rock. Pero ahora, da la impresión de que los padres piensan que de verdad hay sitio en el mundo para un millón de futbolistas de élite, de modelos y de actores famosos. ¿Son los padres tan estúpidos, o es que no les importa un comino? La pregunta es retórica, a mí me trae sin cuidado tanto si los padres son estúpidos como si son unos irresponsables. Pero es obligación de toda la sociedad obligarles a cumplir con su deber, ya que han sido tan adultos como para abrirse de piernas, una, y atacar, el otro.
Los modernos psicólogos y pedagogos, que nunca daré suficientes gracias al cielo por habérnoslos dado, están convencidos de que el niño puede disfrutar en la escuela, y que si el niño no aprende, el profesor lo está haciendo mal.
Sí, los profesores, probablemente, constituyamos la única de las profesiones en que el 100% de sus integrantes es incompetente, vago y bobo. Rompemos todas las estadísticas, tal vez, hasta la del sentido común. Pero hay una cosa que está tan clara como que es de noche, y es esta: para los niños, la escuela es una putada. A nadie le gusta ir. A nadie le gusta que lo encierren seis horas al día para aprender por la fuerza las leyes de la termodinámica y la vida de Fernando de Herrera. Especialmente, en los mejores años de la vida, en que la mente es una esponja abierta por sus mil costuras y el cuerpo una máquina efervescente de placer sensorial puesta a punto con más precisión que un coche de Fórmula I. A nadie le gusta eso. Ni le gustará nunca. Los pedagogos pueden seguir pensándolo durante mil años, y seguirán sin ver a niños contentos en las aulas (al menos, si esos niños aprenden algo), y seguirán, probablemente, echándonos las culpas a nosotros. Pero eso no cambiará nada: para los niños la escuela seguirá siendo una putada.
¿Quién puede obligarles a estar ahí y aprovechar el tiempo? Yo no. La Policía tampoco (he visto a alumnos riéndose en las caras de los agentes). Nadie más que sus padres. Yo soy el enemigo, como profesor. Solo puedo aspirar a que no me odien, a que me hagan caso y a que algún día, en el futuro, piensen en cuánta razón tenía el viejo don Elías. A mí me pasa con los profesores de mi infancia. Pero la escuela, en mi infancia, era una putada. Habría preferido tocar la guitarra, jugar a los videojuegos o perseguir a las chicas de mi edad. Pero mis padres no me lo consintieron.
Solo hay dos personas que pueden cambiar esto: su padre y la madre que lo parió. Si un chico las suspende todas y a su madre no le importa, ¿a quién le importa? ¿Al chico? No, al chico, probablemente lo que menos le importa en este mundo y en el otro es el número que yo ponga en el papel. Si no le importa a la madre y no le importa al hijo, ¿qué puedo hacer yo? ¿Cómo puedo obligarlo a hacer lo que debe? Sí, tal vez le puedo contar el Lazarillo y se pueden partir el pecho de la risa, y lo hago y disfruto. Pero ¿y cuando tengo que explicarles el análisis sintáctico? ¿Y cuando un profesor de Matemáticas ha de explicarle los logaritmos? Hay cosas que no hay manera humana de hacerlas divertidas, ni de motivar a un alumno medio para que muestre interés por aprenderlas. El interés del alumno, a esas edades, es básicamente hedonista. Lo que quiere es la Play 3, ropa de marca y dinero para salir, y un par de horas diarias en el ordenador. Eso es lo que quiere, no quiere estudiar. Creedme, conozco a cientos de chicos, y están casi todos cortados por el mismo patrón.
Ahora bien: el chico puede conseguirlo todo sin dar nada a cambio. Si las apruebas todas, te compro la Play, y si las suspendes todas, también. Es más, no me voy a enterar, porque ni voy a pedirte que me enseñes el boletín.
¿Qué clase de niño desnaturalizado y enfermo se estudiaría la vida de alguien que murió hace 400 años, si el resultado es el mismo que si no lo hace?
Esa es la cuestión.
Después podemos escarbar y hacer hoyos secundarios, y encontrar problemas relacionados. Sí, es posible que los padres no tengan mucho tiempo para estar con sus hijos, con tanto trabajo. Bien, tal vez el Gobierno debería hacer que se cumpliese la jornada laboral de ocho horas, poniendo a los inspectores laborales a hacer su trabajo bien, en lugar de encomendarles que obtengan multas por tonterías (por no tener los carteles en tal o cual idioma, se me ocurre ahora). Sí, pero si la jornada laboral tiene ocho horas, y la de la escuela son seis, ¿de verdad es cierto eso de que los padres no tienen tiempo para sus hijos? ¿O es que no tienen ganas? ¿Por qué no se pusieron el preservativo en su momento, en lugar de cometer el crimen de condenar a sus hijos a una vida de fracaso por no exigirles su obligación? También se pueden intentar arreglar los problemas citados antes, sobre el respeto a los profesores, la promoción automática, todo eso, claro.
Pero yo solo sé una cosa: el día en que llegué a mi casa con una asignatura suspendida y mi madre me partió una silla en la espalda, decidió toda mi vida posterior.
El hecho está dramatizado para lograr un efecto cinematográfico, pero creo que sabéis por dónde voy.
A mi Departamento ha llegado una circular de la Inspección educativa donde se nos preguntan dos cosas: por qué hay un porcentaje tan alto de alumnos suspendidos en 1.º de la ESO y qué medidas vamos a tomar para solucionarlo.
La primera pregunta se responde sola, y hace treinta años a nadie se le habría ocurrido hacerla (todo el mundo sabía por qué se suspende una asignatura: por no estudiar lo suficiente). Los alumnos no han alcanzado los objetivos previstos. En otras palabras: no han aprendido a hacer la O con un canuto.
La segunda también ha sido fácil de responder: vamos a seguir haciendo lo que hacemos. Luchando contra los alumnos, como siempre, y contra nuevos enemigos: los padres, el resto de la sociedad, nuestros propios inspectores. Nos llegará otra carta, seguramente, pidiéndonos un informe más pormenorizado. Y así seguiremos, escribiendo informes, hasta que al final hagamos lo que, subrepticiamente, nos están pidiendo: aprobad al 80% de los alumnos por la cara, aunque sean analfabetos, para que nos salgan las estadísticas más bonitas, y dejaremos de pediros papeles como si fueseis burócratas en lugar de profesores. En cuanto no suspendáis a nadie, os dejaremos aprovechar vuestras horas de trabajo para dar clases y no para rellenar estúpidos papelitos.
De una cosa sí estoy absolutamente seguro: ningún padre en todo lo ancho y largo de este país, y quizás de ninguno, ha recibido una carta de la Inspección educativa donde aparezca la frase: «Su hijo ha suspendido el 60% de las asignaturas del último trimestre. ¿Por qué cree que ha pasado eso? ¿Y qué medidas piensa tomar para solucionarlo?»
Mañana ocurrirá aquí algo importante. Los que lo sepáis no digáis nada.










